sábado, 24 de enero de 2015

Demonios

El repiqueteo del teléfono rompió el silencio y la penumbra de la habitación por décima vez. Él estirando la mano lo tomó con la displicencia de quien prefiere olvidarse de todo lo que lo rodea. En la luminosa pantalla leyó:
-Ella: Hola <3 nbsp="" o:p="">
Luego de sonreír por lo bajo y sentir el escalofrío ya conocido en el bajo vientre, empezó a escribir. Primero meditando las palabras  mientras se decía en baja voz:
 – El secreto de una buena mentira es que en realidad no lo sea del todo- .  Luego se dejó llevar por el instinto afilado por los años de experiencia y la confianza de saber a ciencia cierta que era el cazador y ella la presa.

La había conocido dos noches antes, mientras reía con amigos. Barrió con la mirada el bar hasta encontrar algo que le llamara la atención. Justo antes de darse por vencido la vio: vestido blanco, labios rojos, largo cabello negro y sonrisa amplia; nada especial pensó pero tampoco la noche daba para más.

Primero la estudió detalladamente, pues creía firmemente que el secreto del éxito está en la preparación previa, eran cuatro amigas en una mesa privada, celebraban el cumpleaños de una de ellas y ninguna llevaba compañía masculina (al menos de momento). A pesar de estar seguro decidió esperar otros quince minutos, no fuera que apareciera algún “novio” y le echara a perder el esfuerzo.
El primer contacto duró menos de un segundo, ella movió su rostro y se encontró con un par de ojos oscuros que la observaban fijamente sonriendo de un modo tan intenso como seductor, fue un instante pero bastó para turbarla y obligarla a tomar un trago del cóctel que llevaba en la mano.  El segundo y tercer contacto fueron más intensos, ella empezó a bajar la mirada y dibujar una sonrisa nerviosa, él no la perdía un segundo de vista.

Al llegar a ese punto. Él repitió a la perfección su ya vieja y conocida rutina: primero llamó al mesero y le ordenó  una nueva ronda de tragos y un coctel, cuando llegaron las bebidas el tenía lista una tarjeta de presentación (nada ostentoso solo su nombre y número de teléfono), uno de los muchos recursos que tenía para estos casos.
Le costó poco que el mesero accediera a llevar el trago y la tarjeta. Al llegar el pequeño detalle las amigas lo celebraron, un poco de rubor, algo de vergüenza y unas gracias coreado por las cuatro. Él sonrió por lo bajo era el momento adecuado para retirarse.

Salió a la fresca noche de invierno y caminó hasta tomar un taxi, reprimió las ganas de quedarse en el bar y concretar la conquista aquella misma noche – las mujeres  (pensó), están hartas de hombres que actúen como galanes de cine, en el fondo buscan alguien que sea más acorde a los que sus mamás les enseñaron; un hombre que da su teléfono pero no pide nada a cambio es como esos antiguos caballeros que regalaban rosas solo por ver sonreír a una mujer. Claro que ninguno de ellos habrá tenido jamás mis intenciones.

Él sacudió la cabeza para concentrase en lo que escribía, mentir siempre se le había hecho tan fácil, las frases se iban sucediendo una tras otra según se proponía ir desarmando cada una de las defensas y pretextos que ella le ponía.

Ella: pero si recién te conozco, no puede ser que sienta esto.
Él: a veces no necesitas de tiempo para sentir algo; a veces solo basta una mirada.
Ella: pero yo tengo a alguien eso tú lo sabes.
Él: déjame que te pregunte algo. ¿Eres Feliz?, de verdad lo eres, si contestas que sí, te prometo ser solo tu amigo.
Ella: La verdad no, mi relación no es lo que era.
Él: quieres intentarlo….digo intentar ser feliz.
Ella: Contigo?
Él: Solo si tú así lo quieres.
Ella: prométeme que no me vas a hacer llorar.
Él: solo de felicidad.

Luego de cruzar otras tantas promesas y frase vagas, concretó la cita para 3 días después. Ese era el culmine de la partida, el jaque mate de un juego que él disfrutaba y al que era un adicto sin remedio. Al terminar de escribir apagó el teléfono, no fuera que molestara otra vez. En la oscuridad una suave voz de mujer preguntó - ¿Qué pasa algo malo en la oficina amor?- el buscó  en la oscuridad el delgado cuerpo  que descansaba en su cama – No amor- dijo – no pasa nada-  y al menos por esa noche era cierto.  

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