lunes, 22 de febrero de 2010

Viaje a los Frailes

Cuando el bus me dejo en la terminal de Guayaquil no estaba aun seguro de que este viaje, por mi mente recorrían las cifras del presupuesto proyectado para el viaje: comida tanto, hotel tanto, movilización tanto, y esperando estirar mis ahorros lo máximo posible.
Del viaje poco se destaco, quizás fue la hora que no ayudo a mis pretensiones de disfrutar de las postales del campo ecuatoriano y después de cuatro horas de idas y vueltas, de subidas y bajadas y de una insustancial película por fin nuestro destino apareció ante nuestros ojos. Puerto López

Al llegar respiramos el fresco aire de mar y llenamos los pulmones tan saturados de esmog y de estrés para empezar a buscar quien nos llevara junto a nuestros bultos y paquetes al hotel. Cuando un tibio rayo de sol se coló hasta mis ojos no dispare la sarta de maldiciones que suelen acompañar a este momento, tanto cambia uno con apenas unas horas lejos de la gran ciudad...eso decídanlo ustedes. Después de desayunar empezamos la discusión dialéctica con la clásica pregunta de los viajes desorganizados ¿Y ahora qué hacemos?. Después de mucho discutir y argumentar una opción gano entre todas las demás iríamos a los Frailes.
Los frailes ubicada en el Parque nacional Machalilla es la cuarta playa más bella de Sudamérica y uno de eso lugares de ensueño que solo salen en las postales y en las películas y hacia allá dirigimos los pies. Justo después de la decisión paso por mi mente un instante de terror y duda; con la suerte que tenemos seguro la playa esta sucia o algún huracán de esos que solo le pasan a uno llego justo en la noche y revolvió todo y nada esta como en las fotos así que con el terror a flor de piel grite ¡primero visitemos agua blanca! ¿Si? Y sin dejar que alguna voz llegara a contradecirme empezó a caminar rumbo a nuestro destino. La comuna de agua Blanca nos sorprendió gratamente a todos tanto que merece una publicación especial que será en otro momento mientras sigamos con el relato que venia contándoles.

Al terminar el recorrido pusimos proa a los Frailes, y aunque intente encontrar alguno, ya no tenía pretextos para evitarlo. Los últimos 200 metros de bosque tropical seco que forman el camino hasta la playa los recorrí en la retaguardia de la fila quería ser el último en llegar, o mejor dicho tenía esa sensación de querer llegar pero no llegar, finalmente los arboles dieron paso al mar y mis ojos se impactaron con un cometa visual que traspaso mi retina para quedarse entre las memorias que se que contare de viejo. hasta donde me alcanzaba la vista había kilómetros de perfecta arena blanca solo tocados aquí y allá con pinceladas de arbusto y unos cuantos parasoles solitarios que embellecían mas la escena; mis oídos se llenaban de la suave melodía de un mar verdeazulado cuyas olas rompían tan cerca de mis pies que invitaba sumergirse con lo que tenia puesto. Después de unos eternos y maravillosos minutos de silencio donde mi cerebro dejo que los sentidos dieran rienda suelta a toda clase de sensaciones, pude volver a hablar y susurrar un "gracias Dios", mil gracias.


Pase la tarde recorriendo la zona conocí la tortuguita con su enorme islote y la playita llena de arena con hierro que la hace ver color azabache, llegue incluso al mirador desde donde se domina toda la zona con una vista que se equipara con la que tienen las aves desde las nubes. El sol empezaba a caer y los pocos turistas y nosotros empezamos a recoger nuestras cosas, cada uno hizo su parte en la conservación al final solo las huellas en la arena denunciaban la presencia humana en el lugar. Al regresar al camino de bosque me di la vuelta para dar una última mirada a la playa intentando abarcar con los ojos tanta maravilla, finalmente regresamos a puerto López con la piel quemada, la ropa llena de arena blanca pero llenos de una inmensa y espesa paz ¿las dudas y los temores? a esos se los llevo el mar.